domingo, 6 de marzo de 2016

Baile

Mientras camino un copo de nieve toca mi nariz, justo al lado del lunar que tengo casi entre ceja y ceja. Casi. Siento que mi cuerpo flota, no sé muy bien si por la baja temperatura que empieza a adueñarse de mis agarrotados músculos o por el enorme esfuerzo físico que suponen tantas horas de entrenamiento. Pero no me detengo, voy medio andando, medio volando, como el espíritu que debo parecer cuando me miran por detrás. Tan frágil, tan pequeña. A un toque de la destrucción, de la desaparición, del olvido, de la nostalgia. Sin parar llego a mi frío apartamento sin expectativa ninguna de que nada vaya a cambiar, porque todo sigue como siempre, como cada día. El vaso de café sin fregar que he dejado esta mañana después de desayunar es lo único que me espera. Eso y nada más. Al menos es café italiano. 

Como cada día desde hace dos años sigo la misma rutina. Me quito el abrigo marrón ya desgastado, de esos a los que miras y parece que vayan a hacerse pedazos, pero eso qué más da. Hace bien su función, te protege, te aísla del frío invierno. Qué importa lo raído que esté, da igual esa quemadura de cigarrillo que tiene por debajo de la cintura, esa que le hice un dci mientras lloraba, aunque ya no recuerdo si era de alegría o de tristeza. En realidad al final es lo mismo porque hay veces en que lloramos por algo triste pero al recordarlo cuando ha pasado un tiempo ya no es tan triste, es simplemente un recuerdo más, una experiencia, una espina que ya hemos quitado, una herida que a base de lamerla ha sanado. 

Después una sesión más de estiramientos, ¿la quinta de hoy? Ya he perdido hasta la cuenta. Hay veces en que creo que me podría estirar hasta llenar cada recodo de mi habitación, pero la verdad es que me aterra, yo soy más de espacios cerrados, alienados, con poquita luz. Rincones de tormento para mi. Sigo con mi rutina, fuera el body y mi atuendo que es ya casi como mi segunda piel. De hecho hay veces que olvido hasta quitármelo, es más como mi piel de verdad, se han fusionado. 

¿Qué viene ahora? Una ducha fría, sí, es que es bueno para la circulación, o esa es la excusa que me pongo cuando veo que no tengo dinero ni para arreglar el calentador. Peor hay veces que lo agradezco, la frialdad del agua, al salir ya no tengo tanto frío como cuando entré. Algo es algo. Mi profesora de ballet dice que siempre hay que ver el lado positivo de las cosas, y eso intento, de verdad que lo intento de verdad, y cuando no tengo un dolor terrible en los dedos de los pies, cuando no quiero cortarlos en trocitos y tirarlos por la ventana, intento ser positiva. De verdad que sí. 

Cuando salgo de la ducha ya solo me queda cenar, esa cena insípida de todas las noches porque debo seguir una estricta dieta para seguir siendo el cuerpo espiritual que medio anda medio vuela por la calle. Lo siento, la vida de las bailarinas es así. Bueno no, pero la mía sí. Cuando quieres ser la mejor tienes que hacer grandes sacrificios, muy grandes, de esos de los que no estás segura de si merecen la pena hasta que te pones tus zapatos y empiezas a bailar, a moverte como un pájaro que ya no anda si no que vuela. En ese momento es cuando sé, estoy segura hasta morir de que todo merece la pena. Pero hay que luchar, nada en la vida es gratis, todo tiene un precio que, a veces, a algunos les puede parece descabellado, pero la verdad es que nunca lo sabes hasta que eres tú el que lo tiene que pagar. y a veces no es tan alto, o sí, pero estás dispuesto a pagarlo, a renunciar y a lo que sea necesario.