sábado, 25 de octubre de 2014

White Moon

El camino aquella noche se hizo un poco más largo, había bajado en la misma parada de metro  de siempre pero parecía que el viento no quisiera que llegara a casa aquel día. La empujaba un poco a cada paso. Mecía su cuerpo de un lado a otro, como si fuera un barco de papel. A la deriva, perdido en una noche de tormenta.

Había luna, pero la noche era tan oscura como las lágrimas que recorrían su rostro. Era una luna tenue, débil, amarillenta, apagada. Era difícil ver, o eso le parecía a ella. Sentía como si se hubiera levantado después de dormir demasiadas horas, con los ojos entrecerrados. Sin embargo no sentía el alivio que se siente cuando se está en la cama, entre las sábanas, con el brazo de algún hombre rodeándole el cuello.

Al contrario, se sentía infinitamente cansada, y el maldito viento frenando sus pies no hacía más que empeorarlo. Tenía que llegar a casa, sus hijos la estaban esperando. El hecho de pensar en ellos hizo que la sangre contaminada se acelerara en su corriente sanguíneo e inició una marcha mucho más ligera. Debía ir rápido, debía correr pero era imposible, su cuerpo hacía horas que ya no era suyo.

Había pasado casi un día entero desde que se había ido de casa; pero no era nada extraño, esta era una de las tantas veces que lo había hecho. La noche siguiente de sus escapadas, cada luna después de que el fantasma de ella volviera a atravesar la puerta de casa, les prometía a los dos ángeles que la miraban con ojos profundos que no volvería a suceder, que jamás se volvería a ir, que jamás la tendrían que volver a ver perdida de ese modo, con su cuerpo en medio del salón y su cabeza en otro lugar que no sabría describir.

Le decía al mayor que jamás debería volver a secar las lágrimas de su hermana, y a su pequeña princesa que al día siguiente sería ella quien le prepararía la cena y no su hermano. Cada noche  la misma historia, cada noche las mismas mentiras que tristemente ella misma se creía. Cada noche un nuevo cuento en el que había un final feliz que parecía que siempre iba a llegar pero para que para sus hijos nunca llegaba.

Por un momento se acordó del rostro de decepción de su hijo, de la cara de su pequeña que a pesar de su temprana edad ya no se creía las mentiras de su madre como antes. Entonces sintió un ligero zumbido, una sola vibración en su cabeza que irónicamente fue tan sutil y efímera como un pinchazo, como una exhalación. Las rodillas se le doblaron y todo lo que le turbaba la mente empezó a girar como un huracán destruyendo lo poco que quedaba de ella a su paso.

Una vez en el suelo, boca arriba y con las pupilas dilatadas, miró a la luna llena, lo que le recordó a las cinco pastillas que se había tomado aquella noche. Se dejó ir, sabía que aquella píldora luminosa había acabado con ella, que sería lo último que vería en su vida. Una negra lágrima quiso correr por su mejilla, pero su cuerpo no le volvió a responder jamás.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Tenerife Sea

Suena la guitarra y me doy cuenta de que hace mucho tiempo que no hago esto, que no hablo conmigo misma, que no escribo y no dejo todos esos pensamientos salir. Es todo muy nuevo, todo tiene un nuevo color aquí, el verde sin duda alguna. Sí, todo es muy nuevo, me atrevería a decir que hasta primitivo, más sencillo, más fácil. Aquí, en tan solo dos meses me he dado cuenta de muchas cosas. Me doy cuenta de que puedo ser mucho más independiente de lo que pensaba respecto a valerme por mi misma, pero (dicen que todo lo que va antes del "pero" no cuenta), a la vez dependo mucho de la gente que me rodea, necesito a mi familia, a mis amigos, a mi gente conmigo. Sin embargo, es cuestión de tiempo, la cuenta atrás está en marcha y no me queda mucho que estar aquí, lo quiero y lo voy a disfrutar.

Aquí me he dado cuenta de que las cosas pueden ser mucho más sencillas de lo que solía pensar, de que solo necesito parar y contar hasta diez, detenerme, reflexionar y seguir hacia delante, de que los problemas no se solucionan por más que les des vueltas a menos que los afrontes y eso solo lo puede hacer uno mismo, no importa con cuanta gente intentes desahogarte, no por ello van a desaparecer. Me doy cuenta de que soy un poco más fuerte y un poco más débil de lo que pensaba, de que tal vez no soy tan dura como quiero (hacer) creer y que tal vez soy algo mejor de lo que solía pensar, más fuerte en algunos sentidos. Me doy cuenta de que necesitaba este cambio, de verdad que sí. Me doy cuenta de que una canción te puede cambiar el estado de ánimo en cuestión de 4:01 minutos y de que podría pasarme escuchándola toda la noche, no porque me recuerde a nadie, no porque con ella me sienta como en casa; esta canción es de aquí, me acordaré de mis meses aquí cuando la escuche y me transmite paz. Me he dado cuenta de que hay mil días grises, de que no para de llover y mi cristal está siempre empañado por el frío, pero de esto mismo he aprendido que en los lugares mas grises crecen las cosas más bellas y que después de cada lluvia solo tienes que pintar un par de colores en el cielo; de que lo gris no tiene por qué ser peor que un cielo despejado. Siento que podría estar aquí todo el tiempo del mundo y a la vez que este fin de semana me iría a casa. Siento muchas cosas, todas buenas por lo que parece. Sin saber cómo este lugar, o puede que la experiencia en sí me haya enseñado ya algo: que todo es lo complicado que lo quieras hacer, y descubro que mi mayor preocupación de hoy era quedarme un ratito más en la ducha, con el agua caliente, viendo mi reflejo en el cristal y pensado en nada, en absolutamente nada, solo en el agua corriendo por mi cuerpo.