El camino aquella noche se hizo un poco más largo, había bajado en la misma parada de metro de siempre pero parecía que el viento no quisiera que llegara a casa aquel día. La empujaba un poco a cada paso. Mecía su cuerpo de un lado a otro, como si fuera un barco de papel. A la deriva, perdido en una noche de tormenta.
Había luna, pero la noche era tan oscura como las lágrimas que recorrían su rostro. Era una luna tenue, débil, amarillenta, apagada. Era difícil ver, o eso le parecía a ella. Sentía como si se hubiera levantado después de dormir demasiadas horas, con los ojos entrecerrados. Sin embargo no sentía el alivio que se siente cuando se está en la cama, entre las sábanas, con el brazo de algún hombre rodeándole el cuello.
Al contrario, se sentía infinitamente cansada, y el maldito viento frenando sus pies no hacía más que empeorarlo. Tenía que llegar a casa, sus hijos la estaban esperando. El hecho de pensar en ellos hizo que la sangre contaminada se acelerara en su corriente sanguíneo e inició una marcha mucho más ligera. Debía ir rápido, debía correr pero era imposible, su cuerpo hacía horas que ya no era suyo.
Había pasado casi un día entero desde que se había ido de casa; pero no era nada extraño, esta era una de las tantas veces que lo había hecho. La noche siguiente de sus escapadas, cada luna después de que el fantasma de ella volviera a atravesar la puerta de casa, les prometía a los dos ángeles que la miraban con ojos profundos que no volvería a suceder, que jamás se volvería a ir, que jamás la tendrían que volver a ver perdida de ese modo, con su cuerpo en medio del salón y su cabeza en otro lugar que no sabría describir.
Le decía al mayor que jamás debería volver a secar las lágrimas de su hermana, y a su pequeña princesa que al día siguiente sería ella quien le prepararía la cena y no su hermano. Cada noche la misma historia, cada noche las mismas mentiras que tristemente ella misma se creía. Cada noche un nuevo cuento en el que había un final feliz que parecía que siempre iba a llegar pero para que para sus hijos nunca llegaba.
Por un momento se acordó del rostro de decepción de su hijo, de la cara de su pequeña que a pesar de su temprana edad ya no se creía las mentiras de su madre como antes. Entonces sintió un ligero zumbido, una sola vibración en su cabeza que irónicamente fue tan sutil y efímera como un pinchazo, como una exhalación. Las rodillas se le doblaron y todo lo que le turbaba la mente empezó a girar como un huracán destruyendo lo poco que quedaba de ella a su paso.
Una vez en el suelo, boca arriba y con las pupilas dilatadas, miró a la luna llena, lo que le recordó a las cinco pastillas que se había tomado aquella noche. Se dejó ir, sabía que aquella píldora luminosa había acabado con ella, que sería lo último que vería en su vida. Una negra lágrima quiso correr por su mejilla, pero su cuerpo no le volvió a responder jamás.
Había luna, pero la noche era tan oscura como las lágrimas que recorrían su rostro. Era una luna tenue, débil, amarillenta, apagada. Era difícil ver, o eso le parecía a ella. Sentía como si se hubiera levantado después de dormir demasiadas horas, con los ojos entrecerrados. Sin embargo no sentía el alivio que se siente cuando se está en la cama, entre las sábanas, con el brazo de algún hombre rodeándole el cuello.
Al contrario, se sentía infinitamente cansada, y el maldito viento frenando sus pies no hacía más que empeorarlo. Tenía que llegar a casa, sus hijos la estaban esperando. El hecho de pensar en ellos hizo que la sangre contaminada se acelerara en su corriente sanguíneo e inició una marcha mucho más ligera. Debía ir rápido, debía correr pero era imposible, su cuerpo hacía horas que ya no era suyo.
Había pasado casi un día entero desde que se había ido de casa; pero no era nada extraño, esta era una de las tantas veces que lo había hecho. La noche siguiente de sus escapadas, cada luna después de que el fantasma de ella volviera a atravesar la puerta de casa, les prometía a los dos ángeles que la miraban con ojos profundos que no volvería a suceder, que jamás se volvería a ir, que jamás la tendrían que volver a ver perdida de ese modo, con su cuerpo en medio del salón y su cabeza en otro lugar que no sabría describir.
Le decía al mayor que jamás debería volver a secar las lágrimas de su hermana, y a su pequeña princesa que al día siguiente sería ella quien le prepararía la cena y no su hermano. Cada noche la misma historia, cada noche las mismas mentiras que tristemente ella misma se creía. Cada noche un nuevo cuento en el que había un final feliz que parecía que siempre iba a llegar pero para que para sus hijos nunca llegaba.
Por un momento se acordó del rostro de decepción de su hijo, de la cara de su pequeña que a pesar de su temprana edad ya no se creía las mentiras de su madre como antes. Entonces sintió un ligero zumbido, una sola vibración en su cabeza que irónicamente fue tan sutil y efímera como un pinchazo, como una exhalación. Las rodillas se le doblaron y todo lo que le turbaba la mente empezó a girar como un huracán destruyendo lo poco que quedaba de ella a su paso.
Una vez en el suelo, boca arriba y con las pupilas dilatadas, miró a la luna llena, lo que le recordó a las cinco pastillas que se había tomado aquella noche. Se dejó ir, sabía que aquella píldora luminosa había acabado con ella, que sería lo último que vería en su vida. Una negra lágrima quiso correr por su mejilla, pero su cuerpo no le volvió a responder jamás.
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