miércoles, 5 de noviembre de 2014

El cajón

Me recojo el pelo, no quiero sentirlo en mi cara, siempre lo he odiado cuando estoy en casa. En el segundo 0:48 de la canción vuelvo al principio de la canción y mientras la escucho me acuerdo de lo mucho que he llegado a llorar con ella. ¿Por qué? Secuencias inéditas de mi cajón particular que jamás se abre. Desde que tengo uso de razón la llave no está, no existe; sólo hay una cerradura oxidada que se niega a que llave alguna entre por ella. Y es que las cosas son así, hay cosas que jamás hablarás con nadie, que jamás hablarás contigo mismo.
Todos tenemos un cajón así, un cajón de secretos donde guardamos lo peor y lo mejor de nosotros. Los más oscuros pensamientos están escondidos en un pozo sin fondo en el que a veces caemos, caemos sin cesar como una espiral que nunca acaba, pero termina, como todo, en cuanto sales del agujero eres un poco diferente un poco más tú y un poco menos tú. Un poco diferente de lo que eras ayer y un atisbo de lo que serás mañana.

Pero también hay un rincón para las cosas buenas, las que nunca dirás porque es como desnudar tu alma al mundo, cosas que no te gusta siquiera admitirte a ti mismo. Las cosas más puras que puedes llegar a sentir están en la punta de la hoja más alta del árbol que talló el cajón. Son como luciérnagas, las más brillantes que jamás hayas visto, las que el mundo nunca verá porque son tuyas, tuyas y de nadie más. 

A veces querrías abrir el cajón, subir con la polea lo peor de ti, arrancar cada hoja y regalarla a su respectivo dueño, pero no hay nada que puedas hacer, no hay llave, no sabes si alguna vez ha existido. O tal vez sí.

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