martes, 11 de noviembre de 2014

Gris

Me miro al espejo y apenas me reconozco. ¿Quién es ese hombre que me mira? Pelo canoso, ojos grises, mirada perdida y bolsas. Saliva seca en la comisura de mi boca que cae en curva hacia los lados. Labios secos como el esparto. Arrugas en la frente de tanto fruncir el ceño. Barba de tres días, pero no me queda nadie a quien le importe. Miro mi camiseta interior blanca, impoluta, sin una arruga, blanca como el papel. Mis manos secas, arrugadas y entumecidas me piden un poco de crema. Las complazco mas nadie más que yo las va a tocas. Aparto mi mirada de ese espectro que no para de mirarme. Todo lo que veo en mi me vuelve loco, todo, sobre todo mi mirada, profunda y vacía. Apago las luces del jacuzzi que dejé ayer encendidas, le diré a mi mayordomo que una vez más recoja el desastre de la noche anterior. Tres botellas de champán del bueno tiradas por el suelo, agua por doquier. Y yo no recuerdo nada. Ni quiero.

Voy hacia mi cama de matrimonio (aunque es una ironía llamarla así porque nadie más que yo la ocupa cada noche), allí está mi traje perfectamente planchado. Gris claro, como el pañuelo que llevo en el bolsillo, como los calcetines, como mis ojos. Mi corbata negra, como los zapatos y el maletín, a juego con mi alma. Me enfundo en toda mi ropa. Vuelvo al baño para afeitarme y ahora hay un cambio en mi. Soy un espectro bien vestido. Me peino como hace 15 años lo llevo haciendo, hacia atrás, engominado, no como el día que la conocí a ella. 

Terminado el proceso bajo a mi cocina, a una de ellas. Allí me espera mi desayuno preparado como cada día a las nueve de la mañana. Tostadas con mantequilla y café con whisky. Necesito mi dosis de alienación desde primera hora. Miro el periódico como cada mañana, sin leer nada. Siempre es lo mismo: guerras, corrupción, muertes, crisis. Todo dinero. Maldito dinero. Es irónico que yo lo diga porque podría bañarme en billetes si quisiera, pero lo maldigo al despertar y al irme a dormir cada noche. Cada maldito día de mi existencia. 

Terminado el desayuno lo dejo todo en la mesa, alguien lo recogerá. Les pago para eso a mis diez empleados los cuales llevan trabajando para mi desde que ella se fue hace 10 años y cuyos nombres no sé ni tengo intención de aprender. Cojo mi maletín con mi tablet, mis documentos y mi teléfono dentro. Voy hacia el garaje y subo a mi coche. Mercedes clase A AMG. Uno de los tres que poseo. Se abre la puerta del garaje y cambio mi mirada perdida por una decidida y astuta, me pongo mi máscara de hierro y mi falsa sonrisa que me han acompañado hasta el día de hoy. Tengo que fingir como siempre que mi vida es perfecta, que tengo todo lo que quiero, todo lo que cualquier hombre podría soñar. Y sé cómo hacerlo. 

Sé cómo hacerlo porque una vez mi vida fue perfecta, tenía todo lo que quería. Vivía en un pequeño apartamento de 80 metros cuadrados en un pequeño barrio de una ciudad no muy grande. Conducía un Seat y en lugar de un jacuzzi tenía un plato de ducha. Pero era feliz, compartía mis alegrías con ella, con la persona que una vez me hizo sentir lleno de vida, cuando mis ojos aún eran color miel y mi boca siempre estaba completada por una sonrisa. Era feliz a pesar de que muchas veces teníamos que recortarnos para llegar a fin de mes. Cada día iba a trabajar a la empresa de mi jefe con el mismo traje. Gracias a la herencia que recibí de mis padres pude comprarme otro y a ella dos vestidos preciosos, azules como sus ojos. Cada viernes al llegar a casa ella me había preparado mi pastel de manzana favorito, me esperaba en la puerta con su delantal de cuadros rojos y sus labios color carmín. Era preciosa. Era preciosa y la perdí. 

Ahora ella sigue viviendo en nuestra pequeña casita llena de vida y yo en una mansión llena de espectros y fantasmas de mi ambición. Es lo que me hizo perderla. Un día decidí que tenía que darle una vida mejor a pesar de que ella me decía que tenía todo lo que deseaba. No la escuché. Siempre me dijo que una de las cosas que más le gustó de mi fue mi determinación, que podía conseguir lo que quisiera. Y así fue. Lo conseguí. En pocos años me convertí en el hombre más rico de la ciudad, y en unos cuantos más del país. Le podía dar cualquier cosa que me pidiera, la podía cubrir en diamantes, llevarla a cualquier lugar del planeta que quisiera. Y entonces un día se fue. Me había advertido muchas veces, en muchas ocasiones dijo que ya nunca le decía que la quería, que nunca estaba en casa con ella para compartir todo lo que teníamos, que nunca quiso todas las joyas y los coches que le regalé. Me dijo la noche que me dejó que no podía seguir con esta mentira, que había dejado de quererla, que me había enamorado locamente del dinero. Nunca pensé que la perdería. Hasta que la perdí. La perdí y nunca la volveré a tener.

Por supuesto, he estado con otras mujeres desde entonces, cada fin de semana llenan mi cama. Hacen lo que yo quiero que hagan y dicen lo que yo quiero que digan. Y con cada una de ellas yo solo la imagino a ella. Nunca se quedan la noche entera, no he dormido jamás con otra mujer. Cada noche cuando me quedo solo vuelve mi fantasma y se acuesta junto a mi. Me tomo otro whisky para dormir mejor y quemo, como cada noche, un billete de 50.

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