-Y ¿ahora qué? ¿Qué viene ahora?
-Ahora viene lo peor.
No lo entendió, no entendió qué querían decir sus palabras, qué había cambiado, por qué la sentía tan lejos cuando apenas estaban a un metro de distancia. No podía adivinar qué había borrado la sonrisa de la que se había enamorado. Sus ojos chocolate estaban un poco más apagados, un poco menos vivos y ya no veía a través de ellos como antes, ya no podía saber qué pensaba con solo mirarla y entonces, en ese preciso momento supo que la había perdido. Se dio cuenta que en ese instante empezaba su nueva vida, una vida errante. Y la echó de menos.
Pero antes de partir quiso mirarla a los ojos una vez más, quiso penetrar en sus pupilas. Quiso saber si para ella todo había sido una mentira. De repente estaban hablando sin articular palabra.
<<Me acuerdo del primer día que me besaste ¿sabes? Tuve miedo...pero desde ahí todo fue rodado. No dejo de preguntarme qué decía aquella señora de cabello negro, sí, la que estaba en la habitación de al lado en el hotel de Italia. En la habitación 205. Eran las 4 de la mañana y no paraba de reirme como una loca. Recuerdo cómo solías hacerme reír y reía hasta llorar. Y luego te besaba y luego nos reíamos juntos hasta que nos apagábamos poco a poco como todas las velas que nos iluminaron aquel 7 de enero. Creía que se me habrían gastado los besos por aquel entonces porque de verdad que te los dí todos. Todos y cada uno de mis besos. Cuando despuntaron los primeros rayos de sol y rozaron mi cara me dí cuenta de que no se habían gastado. Y de que por muchos que te diera, cada día de mi vida fabricaría más para dártelos todos. Para dártelos todos y cada uno a ti. Y ¿te acuerdas de cuando nos peleamos la primera vez? Yo también me rio de lo destructivos que podíamos llegar a ser el uno con el otro. Y de cómo sabía reconstruirte luego. Igual que tú a mi. Y sentía como si nada hubiera existido antes, porque en ese momento éramos tú y yo, fénix, con la diferencia de que no eres tú quien se autocrea y se autodestruye. Yo te hacía a cenizas y ardía en tu fuego, y luego gracias al otro renacíamos. ¿Cómo no lo voy a recordar? Te recordaré siempre. Siempre.>>
Y supo que era un adiós. Un adiós como su última palabra indicaba, para siempre. No volvieron a hablar, simplemente se miraron y se despidieron a su manera. Ambos se giraron, se dieron la espalda. A ambos les rodaron lágrimas por las mejillas. Y ambos susurraron algo que solo ellos mismos oyeron: Te quiero.
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