miércoles, 12 de febrero de 2014

Humanidad

Se halla en la oscuridad. El cielo está raso, pero hoy no brillan las estrellas. Las calles están desiertas y solo le acompaña la luna. La luna, sola, al igual que él. Camina. Despacio. Buscando algo a lo que sabe que sus pasos no le van a llevar, ni tampoco el poco dinero que porta en su bolsillo. Algo de lo que carecía desde hacía mucho, algo que le había sido arrebatado sin motivo aparente. Algo llamado libertad.

Apenas puede cerrar sus agarrotadas manos y el aliento se le congela. Siente que la nariz le arde y sus ojos están llorosos. Su pelo está húmedo y un incesante temblor recorre su cuerpo. Sus labios cortados ya solo pueden permanecer abiertos. Casi no siente los pies, y cada avance es un infierno helado. Sus pensamientos y su vista están nublados, pero sigue adelante.

Se asoma a la esquina. Vacío. Avanza hacia la nada y solo hay silencio. Un temible silencio. Y de repente oye la causa de esa ciudad fantasma, aunque él ya lo sabía. Precisamente por eso está ahí, no teme a esos atronadores y devastadores sonidos, teme a las personas. Gritos, un coche, y se mete en el primer callejón. Ha faltado poco, debe ser más prudente porque un solo descuido, uno solo y todo lo que ha pasado no habría servido para nada. 

Pasan las horas y es todo lo sigiloso que puede, aunque en el silencio cualquier cosa es suficiente para alterar el orden. Cruza la calle, el hedor le golpea y se enfrenta con una imagen que últimamente ha visto demasiado. Y no lo puede evitar, no puede levantar una vez más ese muro a su cabeza y a su corazón para hacerse más fuerte como ha hecho otras veces. Es demasiado. Es inhumano. Recuerda a todos los demás, a los suyos, cómo era feliz hace no tanto tiempo, cómo jugaba con sus hermanos en el jardín de su casa, cómo sonreía su madre al verle llegar, cómo podía relajarse cada tarde después de sus lecciones de piano. Los recuerdos le abruman, y un hilo helado corre por su mejilla, congelando su corazón. Ve toda su vida pasar por delante de sus ojos. E imagina la vida de todas esas personas, puede imaginárselos antes de su funesto final y no puede entender qué puede llevar a una persona a hacer tanto daño a sus semejantes. Simplemente no le encuentra explicación. Esta es una sola confirmación más, una razón más que apoya su pérdida de fe en la humanidad.

Todo este proceso a penas le lleva unos segundos, aunque para él es un mundo, el principio y el fin de su mundo. Tan solo baja la guardia por un momento y un solo momento basta para cambiar por completo la situación. Porque ahora alguien está junto a él, ahora ya no se ve la luna, solo hay oscuridad y unos ojos que se clavan en su espalda. Se gira, sin miedo, porque sabe que es su hora, sabe que ha bajado la guardia y sabe lo que eso significa. Los dos hombres se miran. Clavan sus ojos en los del otro. Enemigo. Pueden ver lo que está pensando el rostro de enfrente. El extraño, con su arma en la mano, vacila, al igual que él, tiene miedo. Pero ¿miedo de qué? Él no lleva más que un par de monedas y una foto consigo. Así que, ¿por qué debería temer? Sin embargo hay mucho por lo que temer, porque sabe que no estaría haciendo lo correcto si hace lo que se supone que debe hacer, porque ve en ese chico indefenso un reflejo de sí mismo, porque sabe que no son tan diferentes, porque en el fondo, muy en el fondo, por debajo de todos los prejuicios, de todos los discursos, de toda la palabrería, está su verdadero yo y sabe en ese mismo momento que no quiere hacerlo. 

Es muy curioso que a veces sin conocer a la otra persona simplemente sabemos lo que nos quiere decir, con una mirada, un simple cruce de nuestras vistas y podemos ver lo que hay en su mente. Y ellos lo supieron, él supo que no le iba a disparar, el soldado supo lo que el chico había pasado aquella noche, bajó su arma, la tiró al suelo y la sombra del muchacho desapareció en el siguiente callejón. Ambos sabían que no eran amigos. Es más, jamás reconocerían que se habían visto, ni lo que allí, al lado de aquella floristería con los cristales rotos había pasado, solo sabían que aquella noche no serían enemigos.

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